4 de mayo: paparruchas y frivolidad

El edificio en el que vivo tiene apenas tres años. A la primera junta de la comunidad, acudimos el noventa porciento de los vecinos. Tuvimos que separar a dos que se quisieron pegar. En la segunda junta, que fue extraordinaria y se convocó a las pocas semanas de la primera, algunas sillas volaron por encima de nuestras cabezas. A la tercera reunión, también extraordinaria y también convocada a las pocas semanas de la anterior, yo ya no acudí. A la última junta de vecinos, que se celebró hace unas pocas semanas, acudió el treinta porciento del censo.

La historia viene de lejos. Antes de que se entregaran los pisos, algunos vecinos se fueron conociendo y fueron haciendo grupos de whatsapp para reunir información acerca de la construcción. Es normal que unas personas, que han entregado grandes cantidades de dinero para comprar unos pisos que aún no están terminados, necesiten la seguridad de saber que hay otras personas que están en su misma situación. Cada uno se va enterando de algo nuevo e informa a los demás. Así que cuando me presenté en la primera junta de vecinos, muchos de ellos llevaban más de un año tratándose. Yo era ajeno a esas relaciones, nunca había coincidido con ninguno de ellos y tampoco había hecho por encontrarlos. Pero, aquel día, en la primera junta, enseguida pude sentir la tensión entre ellos y que las diferencias les habían llevado a formar como dos bandos enfrentados.

Aquella primera reunión se alargó innecesariamente por las discusiones entre ellos que, sin razón alguna, viraban hacia cuestiones personales que nada tenían que ver con los demás. Se hablaban a voces, se interrumpían, se insultaban. Los ajenos a la gresca no podíamos concluir nuestro discurso, dar una opinión sin ser acusados por un bando o por el otro. Así que nuestra opinión no contaba. Y así dejamos la tarde para adentrarnos en la media noche, hasta que dos se abalanzaron uno sobre el otro y hubo que separarlos.

Es una comunidad grande, pero habitualmente estoy tranquilo. No hay ruidos, casi no nos cruzamos unos vecinos con otros. Estoy seguro de que paso desapercibido y que, después de casi tres años, aún hay gente que ni me conoce y que, al verme por las zonas comunes, piensa que soy un extraño dentro de su propiedad. La tormenta está en los grupos de whatsapp (en los que yo ni he estado ni estoy), en los folios manuscritos con amenazas que pegan en las paredes, en las notas que meten en los buzones y en las que, con una violencia inconcebible, se insultan, utilizan expresiones homófobas, racistas, se amenazan, se citan para pegarse, para llamar a la policía o verse en los juzgados. Se rayan los coches, se pinchan neumáticos, se rompen los retrovisores. Dejan sin agua caliente a toda la comunidad. Rompen las cerraduras de las puertas de las zonas comunes. Denuncian obras aprobadas en junta simplemente por tocar las narices y que el denunciado tenga que hacer las gestiones con el ayuntamiento. Y ese celaje negro termina por estallar sobre las reuniones de vecinos. Y lo arrasa todo.

Pues así es como siento que llego a estas nuevas elecciones en la Comunidad de Madrid, expulsado. Los madrileños hemos sufrido una campaña electoral esperpéntica, seguramente la más disparatada de la historia electoral de Madrid. Otra trifulca de quinquis que únicamente sirve para escuchar a los que más gritan y para echar a los que ni nos van ni nos vienen sus estupideces. Así que yo me voy, como no volví a una reunión de la comunidad de vecinos, porque no quiero estar en un sitio al que no pertenezco, un sitio exclusivo donde solo se relacionan los que se han adueñado del espacio que nos corresponde a todos, el espacio donde se deciden las cosas y que han reducido a un emplazamiento donde dirimen sus problemas personales y eligen por todos los demás. Donde el tema principal son ellos mismos. Donde vuelcan sus preocupaciones particulares, no las de los ciudadanos, y para las que inventan sus remedios originales (comunismo o libertad, ultraderecha o democracia).

Es que ni siquiera hay confrontación de ideas, aunque estas no se expongan en un debate. Los mítines son intrascendentes, a tenor de lo que nos muestran los medios de comunicación. Paparruchas en el horario de máxima audiencia. Las televisiones y las radios exhiben la salida extravagante de uno y, frente a ella, la provocación de otro como respuesta.

A la vez, detrás de toda esa zarzuela, la administración de lo que compartimos se queda a la intemperie o se legisla sin que el resto sepamos qué se está haciendo. Igual que llega a mi buzón el acta de las reuniones de vecinos, a los madrileños nos llega el Boletín Oficial de la Comunidad de Madrid.

A mí no me interesa quitar a unos para poner a otros, lo que quiero es saber qué van a hacer cuando detenten el poder. Parece que el motivo trascendental por el que se les vota es con quién te irías de cañas. Lo han convertido en eso. Pero el motivo real por el que se les vota es para que gobiernen, administren los impuestos y traten de subsanar los errores del sistema que provocan daños, dolores y angustias concretas en los ciudadanos.

En la edición del 16 de abril del periódico 20Minutos, Javier Fernández-Lasquetty, el consejero de Hacienda de la Comunidad de Madrid, respondía lo siguiente en una entrevista: <<Subir impuestos hace daño a quien menos tiene>>. Y continuó: <<La bajada de impuestos beneficia a todos y más probablemente a las rentas más bajas>>. Habría estado bien un debate sobre ello. Que los candidatos de izquierdas, en lugar de enfangarse en idioteces sobre nazis o democracia, hubieran contrapuesto sus ideas y explicado, detalladamente, qué tienen pensado hacer y cómo van a aplicar lo recaudado.

La afirmación de Lasquetty, además de ambigua, porque no aclara qué impuestos (la bajada del IVA sí beneficiaría a las rentas bajas, mientras que la bajada de impuestos sobre la renta o el patrimonio solo beneficiarían a las rentas altas), es mentira.

El tratamiento intravenoso con Infliximab para la Espondilitis Anquilosante que me administran cada ocho semanas en La Paz cuesta más de 1.200 euros la dosis. Es decir, cada ocho semanas, una persona que necesita este tipo de tratamientos biológicos tendría que desembolsar más 1.200 euros, sin contar el pago de las enfermeras y doctores que le atienden, ni los costes básicos de un negocio: instalaciones, suministros, etc. Y esta enfermedad no tiene cura, el tratamiento únicamente sirve para que progrese lentamente y paliar los dolores que provoca.

En mi entorno, no conozco a nadie que pudiera gastarse alrededor de los 8.000 euros al año, cada año, durante toda su vida, en un tratamiento médico. Ni en ninguna otra cosa, claro. Pero es que, para una enfermedad de este tipo, ese tratamiento no es suficiente. Se necesitan otros especialistas, además del reumatólogo. Se necesita medicación, tratamientos psicológicos, rehabilitación. La única forma de ofrecer una cobertura, más o menos regular, a este tipo de problemas es a través de los impuestos, pagando más los que tienen las rentas más altas y pagando menos los que tienen las rentas más bajas. ¿A mí en qué me beneficia la bajada de impuestos, pagar quince euros menos al mes o cincuenta euros menos al año, si no puedo tener acceso a la sanidad? Si, aunque no pagase nada por IRPF ni cotizase, con mi sueldo bruto íntegro en el banco no podría costearme el tratamiento de mi enfermedad. Y, si mi enfermedad no es tratada, yo no podría trabajar para pagarme el tratamiento. Es más, si no me tratasen la enfermedad, seguramente la vida no me merecería la pena.

Y, como este, hay miles de problemas concretos que atajar. Estos son los temas sobre los que los políticos deberían hablar y discutir sus propuestas. Los ciudadanos están sufriendo, mientras los políticos pronuncian discursos banales y toscos, propios de personas que viven en una realidad paralela o que directamente son retrasados mentales. Y con una puesta en escena de una frivolidad que a mí me enfada y me enrabieta.

Así que, el 4 de mayo, seguiré sin saber qué soluciones proponen los partidos políticos para las cosas concretas, más allá de combatir el comunismo o el fascismo que, según ellos campan, a sus anchas, dependiendo del barrio que se le ponga en las narices al que suelta el discurso. Y por lo que los ciudadanos estamos tan preocupados. Igual de preocupados que estamos el setenta por ciento de vecinos de mi comunidad por las denuncias y querellas que los otros vecinos se han interpuesto entre ellos. Tan preocupados que ni vamos a las reuniones.

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